Mostrando entradas con la etiqueta hijo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hijo. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de enero de 2016

La serpiente que daba oro

En cierto pueblo vivía un Bracmán llamado Haridata. Aunque trabajaba de la noche a la mañana en sus campos, no podía conseguir jamás una buena cosecha, y su pobreza era cada día mayor.
Un día, cuando cansado de trabajar se tendió a descansar a la sombra de un árbol, vio salir de un agujero una gran serpiente.
“Sin duda debe de ser la diosa de este campo -se dijo el Bracmán- y como no le he dedicado ninguna ofrenda estará enfadada conmigo y por eso no obtengo ninguna buena cosecha. Voy a remediar enseguida mi falta.”
El Bracmán corrió a su casa y regresó a los pocos minutos con un tazón lleno de leche que dejó a la entrada del nido de la serpiente, diciendo en voz alta:
– Oh, diosa de este campo, perdóname por no haber conocido tu presencia hasta este momento! Por ello nunca te había ofrecido ningún obsequio; pero te prometo que de hoy en adelante no te faltará nada.
A la mañana siguiente, cuando volvió al nido de la serpiente, encontró vacío el tazón y dentro de él una moneda de oro. Desde entonces, cada tarde llevaba un tazón de leche a la serpiente, y al otro día, invariablemente, encontraba una moneda de oro.
Ocurrió que un día el Bracmán tuvo que ir al pueblo a comprar unas herramientas y ordenó a su hijo que llevara la leche a la serpiente. El muchacho así lo hizo, y cuando al otro día regresó a buscar el tazón, encontró una moneda de oro.
” Sin duda la serpiente esa debe de estar llena de oro -se dijo.- La mataré y me quedaré todos las monedas.”
Aquella tarde, cuando volvió a llevar la leche, iba armado de una hachuela, con la que trató de cortar la cabeza a la serpiente. Esta se libró de la muerte por verdadero milagro, ya que la hachuela cayó a medio centímetro de ella, y para vengarse del ataque, mordió al muchacho, matándolo en el acto.
El Bracmán y su familia dispusieron una magnífica pira, donde quemaron el cadáver del joven. El padre lloró mucho la pérdida de su único hijo, pero al cabo de unos días volvió a llevar la leche a la serpiente, olvidando en su avaricia que ella era la causante de la muerte del muchacho.
Pasó mucho rato antes de que la serpiente saliera a tomar la leche, y cuando lo hizo fue asomando solo la cabeza.
– Sé que lo único que te trae aquí es la avaricia ­dijo, pues ni tú puedes olvidar que yo maté a tu hijo, ni yo olvidaré jamás que él intentó cortarme la cabeza. Por lo tanto, entre nosotros ya no puede haber ninguna amistad. No vuelvas más por aquí, pues será inútil.
Y al decir esto, la serpiente se metió de nuevo en su madriguera, y el Bracmán regresó a su casa, maldiciendo la estupidez de su hijo.

domingo, 10 de enero de 2016

El abuelo y el nieto

Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aun algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que,  por último, lo dejaron en el rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo, y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera lo llenó de improperios a los que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Le compraron por un cuarto una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía pocos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.

-Qué haces? -preguntó su padre.
-Una tartera -contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.


El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo a la mesa; y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.