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lunes, 11 de enero de 2016

Las llaves de la felicidad

 En una oscura y oculta dimensión del Universo se encontraban reunidos todos los grandes dioses de la antigüedad dispuestos a gastarle una gran broma al ser humano. En realidad, era la broma más importante de la vida sobre la Tierra.
Para llevar a cabo la gran broma, antes que nada, determinaron cuál sería el lugar que a los seres humanos les costaría más llegar. Una vez averiguado, depositarían allí las llaves de la felicidad.
-Las esconderemos en las profundidades de los océanos -decía uno de ellos-.
-Ni hablar -advirtió otro-. El ser humano avanzará en sus ingenios científicos y será capaz de encontrarlas sin problema.
-Podríamos esconderlas en el más profundo de los volcanes -dijo otro de los presentes-.
-No -replicó otro-. Igual que sería capaz de dominar las aguas, también sería capaz de dominar el fuego y las montañas.
-Y por qué no bajo las rocas más profundas y sólidas de la tierra? -dijo otro-.
-De ninguna manera -replicó un compañero-. No pasarán unos cuantos miles de años que el hombre podrá sondear los subsuelos y extraer todas las piedras y metales preciosos que desee.
-Ya lo tengo! -dijo uno que hasta entonces no había dicho nada-. Esconderemos las llaves en las nubes más altas del cielo.
-Tonterías -replicó otro de los presentes-. Todos sabemos que los humanos no tardarán mucho en volar. Al poco tiempo encontrarían las llaves de la Felicidad.

 Un gran silencio se hizo en aquella reunión de dioses. Uno de los que destacaba por ser el más ingenioso, dijo con alegría y solemnidad:
-Esconderemos las llaves de la Felicidad en un lugar en que el hombre, por más que busque, tardará mucho, mucho tiempo de suponer o imaginar...
-Dónde?, dónde?, dónde? -preguntaban con insistencia y ansiosa curiosidad los que conocían la brillantez y lucidez de aquel dios-.
-El lugar del Universo que el hombre tardará más en mirar y en consecuencia tardará más en encontrar es: en el interior de su corazón.
Todos estuvieron de acuerdo. Concluyó la reunión de dioses. Las llaves de la Felicidad se esconderían dentro del corazón de cada hombre.

sábado, 9 de enero de 2016

La felicidad radica en todos nosotros...

Hace muchísimo tiempo, a un joven aprendiz le encargan la misión de llevar un poquito de felicidad a la vida de las personas, misión que acepta con gusto pues tiene la inclinación necesaria para cumplirla pues desde el momento de su nacimiento, en todo veía un motivo para ser feliz. Y así emprende su camino. Por todo lugar donde pasaba llevaba felicidad y hacia que las personas vean en si mismos que podían ser felices, les mostraba que en todo lo que existía en el universo había una razón para ser felices.

Un día, llegó a un pueblo en el cual existía mucha tristeza, todos quienes caminaban lo hacían con tristeza, sin ilusión. En el momento que ingresó a este pueblo, de forma extraña empezó a sentirse triste, nunca había experimentado semejante tristeza, pues, aun siendo joven había visto siempre felicidad en todo. Y así es como comenzó a tambalear en su misión pues se contagió de tristeza.
Cierto día, en la madrugada, escuchó un grillo cantar y se pregunto como así un grillo podía cantar dentro de toda la tristeza que existía en el mundo; de pronto escucho una voz que decía:
“Ay los grillos… su crik crik nos alegra el alma.”


Era su voz interior que también le dijo:
“Acaso aun no te das cuenta que la felicidad no radica en el exterior, sino en el interior de todo ser? Ella radica en su energía divina”.


Esa misma voz interior le explicó que era así como el grillo podía cantar, pues su función era cantar y su energía vital no se detendría, el grillo no ganaba nada al hacerlo, sólo lo hacia pues nació para ser el pájaro de la noche, aquellos que alegran a todos quienes caminan en la noche obscura con su canto.

Entonces el joven peregrino recién pudo entender que su felicidad no radicaba en el exterior y que podía encontrarla dentro de el. Que aun tenía mucho que aprender y que su misión era demostrarle al mundo lo que el universo le había enseñado.

Y así, al amanecer, salio caminando por las calles del pueblo, y como el grillo le enseñó, les mostraba que todos tenemos esa parte de felicidad dentro. Sólo hay que dejar que se manifieste.

Aprendió así una gran lección: Que la felicidad radica en todos nosotros.
Y que no importa lo que suceda en el mundo, uno puede mantener la misión de siempre ser feliz. Y que si algún día tambalea y cae, escuchar a los grillos cantar se lo recordarían.